hoguera.jpgAquella noche se contaron historias junto al fuego. Pero no sonaron igual que otras noches. Porque  todos sabían que las historias podían sonar de muchas formas dependiendo del lugar y el momento en el que fueran contadas. 

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Eran unos pies que caminaban con pasos largos. Les gustaba ir descalzos sobre la madera y ponerse de puntillas, desafiar las sábanas y colgarse de las barandillas. También miraban mapas mientras vagaban. Querían llegar al fin del mundo tarde o temprano.

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libro, escribir, microcuentoA Serena le era tan difícil encontrar un sitio tranquilo para escribir que empezó a escribir un libro en el que poder refugiarse para escribir desde allí todos los demás libros. Nunca lo terminó, para poder entrar siempre

(desde allí os escribo)

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Creo haber encontrado una de esas puertas que van y vienen sin avisar. Ya os imagináis a qué me refiero. Que tan pronto están en tu habitación como en un pequeño barrio a las afueras. A veces incluso llegan a lugares que creemos que no existen. Puertas… A saber…

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Londubón era un libro que ya no olía a nuevo pero que aún no olía a viejo. Tenía un olor sin magia. Así que decidió emprender un viaje por el mundo para encontrar su propio olor, hasta que llegó a manos de Catalina, que lo olía una y otra vez como si fuera único.

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amigos.jpgTonica abrazó a su nuevo amigo de “muy lejos”. Se acababa el verano y no sabía si volvería a verlo. Así que aquella tarde jugaron como si fueran eternos, en un momento en el que siempre serían ellos dos. Porque no podían ser de otro modo ni en otro lugar.

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En aquella cara de la montaña todo lo que bordeaba el lago iba y venía atravesando el agua hasta confundirse con su propio reflejo. Por eso sus habitantes vivían en un lado y en otro, incapaces de distinguir la realidad, si es que acaso esta existía.

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El tenderete de Aquisbow tenía lámparas como globos, lámparas como sombreros, lámparas como zapatos. Era el único lugar de la ciudad donde siempre permanecía la luz encendida. Los niños descalzos danzaban a su alrededor para que no se apagara.

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Karkuf se quitó los zapatos y se tiró al agua. Acababa de descubrir que el camino para la felicidad que tanto buscaba era en realidad un enorme océano que había que atravesar a nado. Las posibilidades que había ahora ante él eran casi infinitas.

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La ciudad, hecha y deshecha de hierros, ascendía sin remedio por no poder extender más sus raíces. Entre tanto, cientos de pequeñas islas se encendían, pálidas y susurrantes, reclamando un lugar que en realidad había sido creado por y para ellas.

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