¿Quién es Hynreck?

la-historia-interminable.jpg¿Quién es Hynreck y por qué necesita un dragón? A continuación puedes leer un fragmento del Capítulo 17 [Un dragón para Hynreck] de La Historia Interminable, de Michael Ende

Bastián y Atreyu salían precisamente de la biblioteca al aire libre, cuando vinieron a su encuentro los caballeros Hykrion, Hysbald y Hydorn.
            —Mi señor Bastián —dijo el pelirrojo Hysbald que, evidentemente, no era sólo el más ágil con la espada, sino también con la lengua—, hemos sabido de las incomparables facultades que habéis mostrado en este día. Por eso queremos rogaros que nos toméis a vuestro servicio y nos dejéis acompañaros en vuestros futuros viajes. Cada uno de nosotros aspira a tener su propia historia. Y aunque, indudablemente, no necesitáis nuestra protección, podría seros útil tener a vuestro servicio tres caballeros diestros y capaces. ¿Lo permitís?
       —De buena gana —respondió Bastián—. Cualquiera se sentiría orgulloso de semejante compañía.
              Entonces los tres caballeros quisieron, sin falta y allí mismo, prestar juramento de fidelidad sobre la espada de Bastián, pero él los rechazó.
         —Sikanda —les explicó— es una espada mágica. Nadie que no haya comido y bebido del fuego de la Muerte Multicolor y se haya bañado en él puede tocarla sin peligro para su vida o su integridad física.
              De modo que los caballeros tuvieron que contentarse con un amistoso apretón de manos.
               —¿Y qué pasa con Hynreck el Héroe? —preguntó Bastián.
               —Está totalmente hundido —dijo Hykrion.
               —Es a causa de su dama —añadió Hydorn.
               —Tendríais que ocuparos de él —concluyó Hysbald.
         De forma que —los cinco— se pusieron en camino hacia la posada en que al principio se habían alojado y en donde Bastián había dejado a la vieja Yicha en el establo.
            Cuando entraron en la sala de la posada, sólo se sentaba en ella un hombre. Estaba echado sobre la mesa y enterraba las manos en sus cabellos rubios. Era Hynreck el Héroe.
          Evidentemente, había llevado con él en su equipaje una armadura de repuesto, porque ahora vestía un atavío algo mas sencillo que el que el día anterior había quedado despedazado en el combate con Bastián.
           Cuando Bastián lo saludó, Hynreck se incorporó y miró fijamente a los dos jóvenes. Tenía los ojos enrojecidos. Bastián le preguntó si podía sentarse con él; Hynreck se encogió de hombros, asintió y se hundió otra vez en su banco. Ante él, sobre la mesa, había una hoja de papel que parecía haber sido arrugada y alisada varias veces.
        —Quería informarme de vuestro estado —comenzó a decir Bastián—. Siento haberos causado molestias.
               Hynreck el Héroe movió la cabeza.
               —Estoy acabado —profirió con voz ronca—. ¡Tomad, leed vos mismo!
               Empujó hacia Bastián la hoja:
               «Sólo quiero al mejor», ponía en ella, «y vos no lo sois. Así pues, ¡adiós!».
               —¿De la Princesa Oglamar? —preguntó Bastián.
               Hynreck el Héroe asintió.
           —Inmediatamente después de nuestro combate se hizo llevar a la orilla con su palafrén.¿Quién sabe dónde estará ahora? Nunca la volveré a ver. ¡Qué voy a hacer en el mundo!
              —¿No podéis buscarla?
              —¿Para qué?
              —Para hacerla cambiar de opinión tal vez.
              Hynreck el Héroe soltó una risa amarga.
            —No conocéis a la Princesa Oglamar. Me he entrenado durante más de diez años para aprender cuanto sé. He renunciado a todo lo que hubiera podido perjudicar mi forma física. Con disciplina de hierro, he aprendido esgrima con los mejores maestros y toda clase de luchas con los luchadores más fuertes, hasta vencerlos a todos. Puedo correr más aprisa que un caballo, saltar más alto que un ciervo, soy el mejor en todo o, mejor dicho… lo era hasta ayer. Al principio, ella no se dignaba dirigirme la mirada, pero luego, poco a poco, se despertó su interés por mis habilidades. Podía esperar ya ser elegido… pero ahora todo es inútil. ¿Cómo podré vivir sin esperanza?
           —Quizá —dijo Bastián— no deberíais dar tanta importancia a la Princesa Oglamar. Sin duda hay otras que os gustarían tanto como ella.
           —No —respondió Hynreck el Héroe—, me gusta la Princesa Oglamar precisamente porque sólo se contenta con el mejor.
           —Entonces —dijo Bastián perplejo—, la cosa, desde luego, es difícil. ¿Qué podemos hacer? ¿Y si probarais a impresionarla de otra forma? ¿Como cantor, por ejemplo, o como poeta?
         —Soy un héroe —contestó Hynreck un tanto irritado— y no conozco ni quiero tener otra profesión. Yo soy como soy.
          —Ya veo —dijo Bastián.
      Todos callaron. Los tres caballeros miraban a Hynreck el Héroe compasivamente. Podían comprender lo que le pasaba. Finalmente, Hysbald carraspeó y dijo en voz baja, dirigiéndose a Bastián:
          —Para vos, señor Bastián, no sería muy difícil ayudarlo.
          Bastián miro a Atreyu, pero éste tenía otra vez el rostro impenetrable.
         —Alguien como Hynreck el Héroe —añadió Hydorn— no tiene nada que hacer si no hay monstruos a la vista. ¿Comprendéis?
          Bastián seguía sin comprender.
        —Los monstruos —dijo Hyknon atusándose el enorme bigote negro— son necesarios para que un héroe pueda ser héroe. —Y al decirlo le guiñó un ojo a Bastián.
        Bastián comprendió por fin.
      —Oíd, Héroe Hynreck —dijo—: al proponer que ofrecierais vuestro corazón a otra dama, sólo quería poner a prueba vuestra constancia. La realidad es que la Princesa Oglamar necesita vuestra ayuda y que nadie más que vos puede salvarla.
         Hynreck el Héroe era todo oídos.
         —¿Habláis en serio, mi señor Bastián?
         —Totalmente en serio: enseguida os convenceréis. En efecto, la Princesa Oglamar ha sido asaltada y raptada hace pocos minutos.
         —¿Por quién?
        —Por uno de los monstruos más horribles que hay en Fantasia: el dragón Smerg. La Princesa iba cabalgando por un claro del bosque cuando el espantajo la vio, se precipitó desde el aire sobre ella, la arrancó de su palafrén y se la llevó.
        Hynreck se puso en pie de un salto. Sus ojos comenzaron a brillar y sus mejillas a arder. Batió palmas de alegría. Sin embargo, el resplandor de sus ojos se apagó luego y volvió a sentarse.
          —Desgraciadamente, no puede ser —dijo afligido—. Ya no hay dragones en ninguna parte.
       —Olvidáis, Héroe Hynreck —explicó Bastián- que vengo de muy lejos… de mucho más lejos de donde vos habéis estado nunca.
          —Eso es cierto —corroboró Atreyu, mezclándose por primera vez.
      —¿Y realmente ha sido raptada por ese monstruo? —exclamó Hynreck el Héroe. Luego apretó ambas manos contra su corazón y suspiró: -Oh mi adorada Oglamar, cuánto debes sufrir. Pero no temas: tu caballero se acerca, ¡está ya en camino! Decidme, ¿qué debo hacer? ¿A dónde debo dirigirme? ¿De qué se trata?
       —Muy lejos de aquí -comenzó Bastián— hay un país llamado Mórgul o el País del Fuego Frío, porque en él las llamas son más frías que el hielo. Cómo podéis encontrar ese país no os lo puedo decir: debéis hallarlo vos mismo. En el centro del país hay un bosque petrificado llamado Wodgabay. Y a su vez, en el centro del bosque petrificado se encuentra Rágar, el castillo de plomo. Está rodeado de tres fosos. Por el primero corre un veneno verde, por el segundo ácido nítrico humeante, y en el tercero pululan escorpiones tan grandes como vuestros pies. No hay puentes ni pasarelas para cruzar los fosos, porque el señor que reina en el castillo de plomo de Rágar es ese monstruo alado llamado Smerg. Tiene las alas membranosas y de una envergadura de treinta y dos metros. Cuando no vuela, se sostiene derecho como un gigantesco canguro. Su cuerpo parece el de una rata sarnosa, pero tiene cola de escorpión. Hasta el más ligero roce de su aguijón venenoso es absolutamente mortal. Sus patas traseras son las de un saltamontes gigantesco, pero las delanteras, que parecen diminutas y atrofiadas, se asemejan a las manos de un niño. Sin embargo, no hay que dejarse engañar por ello, porque precisamente en esas manos tiene una fuerza terrible. Puede recoger su largo cuello como un caracol sus tentáculos, y sobre él tiene tres cabezas. Una es grande y parece de cocodrilo. Por su boca puede escupir fuego helado. Pero donde el cocodrilo tiene los ojos él tiene dos protuberancias que, a su vez, son otras dos cabezas. La derecha parece la de un anciano. Con ella puede oír y escuchar. Sin embargo, para hablar tiene la de la izquierda, que parece el rostro arrugado de una anciana.
           Durante esa descripción, Hynreck el Héroe se había puesto un poco pálido.
           —¿Cómo decíais que se llamaba? —preguntó.
          —Smerg —repitió Bastián—. Hace de las suyas desde hace mil años ya, pues ésa es su edad. Siempre roba a una hermosa doncella, que tiene que ocuparse de llevarle la casa hasta el fin de sus días. Cuando la doncella muere, el dragón roba otra.
           —¿Cómo es que no he oído hablar nunca de él?
           —Smerg puede volar increíblemente lejos y aprisa. Hasta ahora ha elegido siempre otros países de Fantasia para sus correrías. Y además, sólo aparece cada medio siglo.
           —¿Y nadie ha liberado hasta ahora a una cautiva?
           —No, para eso haría falta un héroe excepcional.
           Al oír esas palabras, las mejillas de Hynreck el Héroe enrojecieron de nuevo.
       —¿Tiene Smerg algún punto vulnerable? —preguntó con interés profesional.
        —¡Ah! —respondió Bastián—. Se me había olvidado casi lo más importante. En el sótano más profundo del castillo de Rágar hay un hacha de plomo. Podéis imaginaros muy bien que Smerg vigila ese hacha como a las niñas de sus ojos, si os digo que es la única arma con la que se le puede matar. Hay que cortarle con ella las dos cabezas pequeñas.
          —¿Cómo sabéis todo eso? —preguntó Hynreck el Héroe.
           Bastián no tuvo necesidad de responder, porque en aquel momento sonaron gritos de espanto en la calle:
          —¡Un dragón!… ¡Un monstruo!… ¡Ahí, en el cielo!… ¡Qué horror! ¡Se aproxima a la ciudad!… ¡Sálvese quien pueda!… ¡No, no, ya tiene una víctima!
           Hynreck el Héroe se precipitó a la calle y los demás lo siguieron; los últimos fueron Atreyu y Bastián.
         En el cielo aleteaba algo que parecía un gigantesco murciélago. Cuando se acercó, fue como si, por un momento, una sombra fría hubiera cubierto la Ciudad de Plata. Era Smerg, y tenía exactamente el aspecto que Bastián acababa de inventarse. Con sus dos manitas atrofiadas pero terribles, sostenía a una damisela que, con todas sus fuerzas, gritaba y pataleaba.
            —¡Hynreck! —se oyó en la lejanía-. ¡Socorro, Hynreck! ¡Sálvame, mi héroe!
           Y un momento después había desaparecido.