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Solo trece horas. 
La libélula batió sus alas iridiscentes. Lo que era, dónde estaba, lo que estaba haciendo, lo que quería. La vida era efímera, durase lo que durase.

 

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buzones.jpgA Martina le gustaba pasear por el paraje de los buzones. La mayoría, ya vacíos, eran esqueletos de otra era. Algunos guardaban los últimos mensajes. El papel escrito se deshacía al contacto con el aire. Un no lo siento. Un vamos a vernos. Un ayer te deseé.

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51Las máscaras artesanales que elaboraba Nicoletto no eran máscaras vacías. Sus ojos siempre seguían a sus compradores y sus sonrisas burlonas se jactaban de ellos. En su reverso, sin embargo, tan solo había madera lacada y vidrio.

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30Se busca conductor de nubes para lunes por la tarde y fines de semana. Se requieren dos años de experiencia en brisas suaves y capacidad rápida de reacción ante borrascas que puedan formarse sobre los océanos. Horas extra los días de tormenta. 

Razón: aquí

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50Haiduk tenía que pasar al otro lado. El hombre cheposo del mostrador le dio una caja. “Solo caben los recuerdos”, gruñó con voz monótona. El chico intentó meter todo lo que había sido suyo, pero rebotaba sin remedio. Solo los recuerdos llenaban la caja.

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hoguera.jpgAquella noche se contaron historias junto al fuego. Pero no sonaron igual que otras noches. Porque  todos sabían que las historias podían sonar de muchas formas dependiendo del lugar y el momento en el que fueran contadas. 

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Eran unos pies que caminaban con pasos largos. Les gustaba ir descalzos sobre la madera y ponerse de puntillas, desafiar las sábanas y colgarse de las barandillas. También miraban mapas mientras vagaban. Querían llegar al fin del mundo tarde o temprano.

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libro, escribir, microcuentoA Serena le era tan difícil encontrar un sitio tranquilo para escribir que empezó a escribir un libro en el que poder refugiarse para escribir desde allí todos los demás libros. Nunca lo terminó, para poder entrar siempre

(desde allí os escribo)

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piano .jpgAlma siempre pintaba las cosas que escuchaba. Si le decían que no era capaz de hacer algo usaba el rojo cereza. El gris perla iba perfecto para los viajes en autobús. Ámbar para los desayunos. Lavanda los sábados. Y cobre verdoso para las canciones de Bowie.

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La ciudad, hecha y deshecha de hierros, ascendía sin remedio por no poder extender más sus raíces. Entre tanto, cientos de pequeñas islas se encendían, pálidas y susurrantes, reclamando un lugar que en realidad había sido creado por y para ellas.

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